Esconderse entre las piedras

“Tanto pasado, tanta carga, tanta purga. No es cierto que aquél la necesitara del todo, pero después de la inconmensurable distancia entre lo que realmente era y la mentira de lo que fue, qué mejor que huir, que dejar pasado y presente atrás.”

Le atribuyen a aquél sabio que nunca dijo, ni en culta ni vernácula, lo atribuido, que “nuestro ser refleja lo que fue y lo que es para ser lo que será”. La pregunta que circula en el aire es siempre la misma; si fue malo y es bueno, en el futuro, ¿qué será?

No pretendemos, desde este rincón de la ciudad que todo lo perdona, aleccionar sobre lo divino y lo humano a la ligera. El tiempo de penitencia es largo, largo y arduo; largo, arduo y una real putada. La penitencia obliga a redimirse de lo acontecido para que pueda ser perdonado. Bien; flagelación y arrepentimiento en fuero interno. Le sigue el propósito de enmienda, que para los paganos es simplemente el ejercicio pragmático de preparar la huida. La elegancia moral no nos permite que la huida se asemeje, ni por asomo, a la del cervatillo que huye del sediento disfrazado de verde y armado. Como si de un artículo del mismísimo New Yorker se tratase, escrito en letra bastardilla y con mayúsculas ribeteadas, el ser se viste con el mejor de sus trajes morales y, gallardo, arremete con el pecho afuera con todo ser, vivo o vegetal, que pretenda doblegarle.
Bien. Respiremos hondo en este pasaje. Imagine usted, amable lector, que se encuentra panza arriba escondido en la frondosidad de la hierba verde y virgen que rodea el más brillante de los lagos alpinos.

Gracias a la calma proferida por el pasto favorito de las vacas teutonas, ahora que el Nirvana parece ser la próxima estación del metro de la vida, reflexione sobre; ¿puede el gallardo caballero, con su firme propósito de enmienda por bandera, acabar con todo aquello en lo que erró, arremetiendo con fiereza cada día y cada crítica, cómo si su ética y moral fueran virginales atributos, sin temor de herirse a sí mismo?

No encontrará, querido lector, ni allende los mares ni en los confines del mismísimo océano, hombre sobre la faz de la tierra más orgulloso, frío, almejado en sus complejos que el hombre que hizo, siendo joven y estando desolado, de la penitencia de sus errores la tabla de salvación de sus días.

hvg_nighbarspa

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